Hace frío y sigo aquí, aguantando las ganas de irme lejos.
Ya parece que fue ayer cuando todo pasó, cuando mi vida cambió de un segundo a otro y yo trataba de entender. Me sabía acabada en ese momento pero, ¿por qué?, ¿qué pasó? Fue tan apresurado que ni tiempo me quedó de llorar.
Ahora entiendo, la inmensidad de cosas que llevaron todo hasta un agujero sin fondo, y nada podía hacer para que volviera esa felicidad, ese placer de saber que lo absoluto estaba bien.
Tanto tiempo reteniendo centenares de penas, mi garganta ya no puede, mis párpados no toleran el peso de las lágrimas que salen y salen, cual riachuelo estancado deja libres sus olas.
Necesito algo, alguien. No puedo sola. Mi debilidad y cobardía me abruman cada día. Quizás podría extremar las cosas pero no, la verdad escriben mis dedos, lamentablemente.
Comienzo a creer que pierdo el tiempo, que lo único perspicaz que podría hacer sería soportar el dolor, dejarlo ahí, que los años lo vayan esfumando hasta que por completo desapareciese. ¿Soy tan fuerte? Ya lo he sido por mucho tiempo, y pienso que puedo más. Basta de agrandar el sufrimiento, hay cosas peores. Pero yo, tu falta, la ausencia de sentimientos que en un pasado, tal vez no remoto, me hacían sonreír. A veces no se necesitaba un por qué y todo era color, ilusiones, esperanzas, júbilos, satisfacciones...
Es tarde ya, supongo que salir y respirar me hará olvidar algunas de las tantas cosas que me quedan por superar.
Y la verdad, es que no puedo cargar más mis dolores interiores.
Me rindo.
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